Durante años, el capital riesgo fue sinónimo de apuestas en start-ups tecnológicas, energías renovables o innovaciones disruptivas aplicadas a la biomedicina. Con un perfil más agresivo que el de la inversión tradicional, estos vehículos perseguían lo que en la jerga financiera se conoce como unicornios: empresas jóvenes, singulares y de alto crecimiento, con rondas sucesivas de financiación y salidas multimillonarias. Sin abandonar ese territorio, los fondos de private equity amplían su foco hacia sectores más prosaicos: alimentación industrial, salud animal, servicios urbanos o bienes domésticos.
